Bajo el relajante manto de la noche, el Liceo Francés Internacional de La Habana se transformó en un auténtico cruce de historias y emociones. Durante una noche, las paredes del establecimiento parecieron desvanecerse para dar paso a un espacio vivo, cálido, casi suspendido, donde las palabras circulaban libremente entre quienes conforman su comunidad.
Padres, alumnos, docentes y miembros del personal se reunieron en torno a un mismo hilo invisible: el de la narración. Quienes lo desearon tomaron la palabra por turnos, no como simples espectadores, sino como transmisores de historias. Las voces se sucedieron, a veces tímidas, a veces seguras, trayendo consigo cuentos de otros lugares, recuerdos revisitados o imaginarios creados para la ocasión. A través de estos relatos, se expresó toda una diversidad de culturas, sensibilidades y visiones del mundo.
Esta velada no fue solo un evento cultural, sino una verdadera experiencia colectiva. Permitió tender puentes entre generaciones, acercar a las personas más allá de sus roles habituales y recordar que la palabra, cuando se comparte, puede convertirse en un poderoso vector de unión. Tanto en la escucha atenta como en el placer de contar, cada uno encontró su lugar.
Y como compartir no se limita a las palabras, un bufé acogedor sirvió para prolongar esos momentos de encuentro. En torno a unos dulces, las conversaciones continuaron, las sonrisas se ampliaron y las historias siguieron circulando de otra manera, impulsadas por la sencillez de esos momentos compartidos.
Al cultivar este gusto por la transmisión y el intercambio, el Liceo Francés Internacional de La Habana afirma con delicadeza su identidad: la de un lugar abierto, donde la educación no se limita a los conocimientos académicos, sino que también se enriquece con los encuentros, los relatos y las emociones compartidas. Así, una noche bastó para tejer recuerdos duraderos y reforzar el sentimiento de pertenencia a una comunidad viva y unida.